Se trata de un reconocimiento a las instituciones académicas más predispuestas y preparadas para desarrollar un proyecto de envergadura y obtener, por ello, apoyo institucional, reconocimiento social y estímulo económico. Este fracaso sólo tiene dos explicaciones: o la Cisneriana es una pifia, por muchos oropeles del pasado que exhiba orgullosa; o quienes las dirigen son incapaces de gestionar bien el inmenso legado que tienen entre manos. Nosotros nos inclinamos por la segunda opción, por razones obvias: es más llevadero pensar que el antiguo rector y su sucesor no están a la altura de las circunstancias, y que la Universidad no se queda pequeña ante nadie, pero sí les viene grande a quienes la han dirigido de ocho años para acá.
El hecho, más allá de las opiniones, las causas y los efectos; es incuestionable: para las autoridades, la UAH no merece estar ni en la primera ni en la segunda división de su sector, a tenor de su exclusión del programa que más y mejor tutela el potencial, la energía, el talento y el futuro de las universidades españolas. Sólo esta certeza, que nos coloca en la tercera fila para los organismos examinadores del máximo rango, debiera llenar de inquietud a la comunidad universitaria y obligar a dar explicaciones al rector.
Que nadie se las haya pedido, y que Fernando Galván no haya sentido la inaplazable necesidad de darlas, es una elocuente metáfora de lo que está ocurriendo. Lo que en una Universidad sana hubiera ocurrido –rápida comparecencia de su cabeza visible para intentar justificar el desastre; una catarata de intervenciones críticas o preocupadas desde la comunidad universitaria; una explicación detallada de quién, cómo y por qué preparó el expediente; alguna dimisión inmediata–, aquí ha quedado cubierto una vez más por el más estruendoso silencio, tan indigno como fútil.
Porque el gran problema, a la postre, no es constatar que el anterior rector estuvo más preocupado de marcharse precipitadamente a una entidad bancaria que de dejar un trabajo bien hecho; ni tampoco que su heredero, formal y espiritualmente, se haya limitado a continuar su estela como parte del peaje a pagar por una victoria que le dieron hecha. Lo grave, lo inquietante y lo escandaloso es que una de las grandes universidades históricas de Europa se haya convertido para los jueces educativos de España, en una universidad irrelevante.
Y por tanto prescindible. Porque en un momento de crisis brutal y recortes generalizados, antes o después llegará el turno de las Universidades, que han gastado como nadie para lograr casi nada si comparamos las inversiones hechas en ellas en los últimos 25 años con la devolución en términos de profesionales cualificados, nuevos sectores económicos y, en definitiva, investigación y desarrollo. Si a estas lacras se le suma un gigantismo innecesario, un nepotismo agudo y un desajuste flagrante entre la oferta y la demanda, ¿alguien cree que el Gobierno, cualquier gobierno, va a seguir pagando todo sin más, mientras reduce sueldos públicos, congela pensiones, sube impuestos y elimina decenas de organismos?
Llegado ese momento, el esplendor de la UAH debiera ser suficiente para salvarse de una quema que afectará, sin duda, a tantas otras que nacieron antes de las ínfulas territoriales de cada presidente autonómico o barón local que de la necesidad real. Pero viendo lo que Zapatero primero y Galván después han logrado, o mejor dicho no han logrado pese a la materia prima que tenían, está más que justificado temer que Alcalá pueda ser una de las prescindibles.
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