Hace un año José Luis de la Cruz, el párroco de San Francisco de Asís, desbordado ante la avalancha de familias ahogadas por la crisis que acudían a pedir ayuda, comenzó a recoger firmas para crear un comedor social en Alcalá. La misma estampa que sigue viendo hoy. Llegó a recoger 10.000, y podían haber sido más si no hubiera parado cuando el Ayuntamiento puso a su disposición un local donde llevar la idea a cabo.
“Ya estaba casi reformado, pero, al final, los trabajadores sociales y los de Cáritas no lo ven necesario. Quizá piensan que aún así la gente vive; la cuestión es a costa de qué”, dice José Luis. Aunque el comedor se ha descartado, el párroco sigue pidiendo alguna otra forma de ayuda para que no sigan siendo las parroquias “las que cargan con casi todo este peso”.
Por la iglesia de Reyes Católicos pasan cada semana unas 25 familias, que tienen que guardar una lista de espera de unos tres meses para recibir algunas bolsas del banco de alimentos. José Luis sabe que no se soluciona su situación, pero para ellas supone una ayuda. Y así lo demuestra el chorreo de visitas que reciben a diario en San Francisco de Asís. “Nos gustaría que el Ayuntamiento también echara una mano, que proporcionar esta ayuda no sea sólo cosa de parroquias y conventos”.
José Luis emprendió una campaña para recoger firmas entre los vecinos, y a la salida de las iglesias, en febrero del pasado año, cuando ya se había multiplicado el número de familias con necesidad en el barrio. Montaron una plataforma, se comenzó a reformar el local, “y ya sólo faltaba darle una mano de pintura”. “Hubo gente que nos iba a dar sillas, mesas, un arcón, un microondas... Otros se ofrecieron a trabajar en el comedor, cuando ya estuviera funcionando. Pero también nos hacía falta ayuda para montarlo”. Sin embargo, finalmente, cuenta el párroco, “consideraron que el comedor no era necesario”.
Pero a la parroquia de uno de los barrios más humildes de Alcalá siguen llegando las familias a decenas. Muchas son inmigrantes, como lo son muchos de los vecinos de Reyes Católicos. Pero desde hace tiempo no faltan tampoco los españoles que nunca pensaron tener que pedir alimentos en la iglesia. Reciben comida una vez a la semana, durante alrededor de un mes, y tienen que esperar después tres meses para que vuelva a ser su turno. “Durante ese tiempo se buscan la vida como pueden. En Alcalá sólo hay un comedor y el albergue del barrio Venecia, que está siempre lleno”.
Y el párroco sigue pensando que, ya que el comedor social no es viable, debe de haber otra fórmula para que el Ayuntamiento les ayude en la cobertura de esas necesidades. “De la misma manera que se dan subvenciones a las cofradías para la Semana Santa, o se emplea dinero en el Carnaval, o en el deporte, se debería hacer lo mismo para ayudar a estas familias. Creo que en el sentir de la gente está antes dar de comer que otras muchas cosas”. Pese a que su proyecto no salió adelante, José Luis agradece el apoyo de las muchas personas que se implicaron con el comedor social. Y dice que seguirá poniéndose “de parte de los más desfavorecidos”.
“Muchos recurren a la economía sumergida” Alguno llega para pedir simplemente una manta con la que poder dormir en la calle. Otros le piden al párroco algo de trabajo, aunque no sea remunerado, para sentirse al menos útiles. Y la mayoría guarda la cola para poder recibir alimentos, aunque tengan que esperar tres meses hasta que les vuelva a tocar.
“La mayoría son inmigrantes, pero también hay españoles que no se habrían imaginado acabar recurriendo a Cáritas”, afirma José Luis. Muchos llegan a tal punto de necesidad que anteponen otros gastos a los de comer todos los días. “Para muchos tener un teléfono móvil es fundamental, porque es la manera que tienen de que se puedan poner en contacto con ellos, de que les llamen para trabajar. También tienen que pagar la habitación, si viven en un piso compartido, y eso son al menos 250 euros al mes”. Así que, para los que acuden a San Francisco de Asís, cualquier ayuda es mucha.
“Quizá piensan que el comedor no es necesario porque creen que la gente no está tan mal como parece, porque la gente sobrevive, pero no sabemos a costa de qué. Muchos viven de la economía sumergida, sacando dinero de donde pueden. Y aquí, en Reyes Católicos, estoy convencido de que hay mujeres que acaban en la prostitución”, dice el párroco. Mientras esperan a que llegue un trabajo, las familias que pasan cada jueves por el banco de alimentos tienen que recurrir a la imaginación. “Hay una familia que ahora se dedica a hacer anillos, pulseras, pendientes... Luego las venden por el barrio, y aquí en la parroquia”.
Marina de la Cruz |