Todos esos nombres recibió la ciudad entre el siglo V y el XV, es decir, la Edad Media. Ese periodo de mil años se puede conocer y visualizar ahora en el Centro de Interpretación del Burgo de Santiuste (calle Cardenal Sandoval y Rojas, 3. Entrada a 1 euro), inaugurado la pasada semana por el Ayuntamiento. En este pequeño museo se exponen 110 piezas originales, algunas maquetas, varias reconstrucciones en 3D y distintos puestos interactivos. Las esculturas de San Lucas y San Nicolás, procedentes del antiguo Hospital de San Lucas, la maqueta de la Puerta de Burgos y copias de varios documentos como el Fuero Viejo, son algunas de las piezas más destacadas del centro, que cuenta además con una sala de proyección en la que se enseña un completo vídeo sobre el pasado medieval de la ciudad, una época poco conocida pero fundamental para tratar de entender la Alcalá que ha llegado hasta nuestros días.
Los ‘Rómulo y Remo’ complutenses El sacrificio en 306 de los pequeños Justo y Pastor, miembros de la comunidad cristiana que vivía en Complutum, fue decisivo para la evolución histórica de Alcalá como ciudad. El mito de los niños mártires, como unos Rómulo y Remo complutenses, señaló el nacimiento de una nueva urbe: en el Campo Laudable, el paraje donde se produjo el ajusticiamiento que coincide con lo que hoy es la Magistral y sus alrededores, se construyó un santuario para venerar a los sacrificados. El obispo toledano Asturio Serrano fue el impulsor de esta devoción, al serle revelada por una visión celestial en 412 la ubicación de los restos de los niños. Además de mandar construir un templo, fundó la diócesis complutense y extendió la fe en los Santos Niños por toda la península. El Campo Laudable comenzó a ser lugar de peregrinación y a reunir un pequeño caserío a lo largo de la época visigoda.
La ciudad junto y sobre el río El avance de los musulmanes en 711 por el sur se hizo notar pocos años después en los territorios del Henares, que quedaron absorbidos por Al Andalus. La vieja Complutum se despobló y el Campo Laudable se transformó en el núcleo urbano principal de la comarca. Los nuevos señores musulmanes consintieron que la población cristiana mantuviera su devoción por los Santos Niños, si bien las reliquias de su santuario fueron trasladadas a Huesca y Francia por San Urbicio ante el temor de que fueran saqueadas por los infieles. El vínculo de esta pequeña comunidad con los santos mártires dio lugar más tarde al nombre de Burgo de Santiuste. El dominio islámico, no obstante, quedó señalado con la construcción, a unos dos kilómetros, de una fortaleza en un cerro que dominaba el valle y el río, Qal’at Abd al Salam (el castillo, en árabe). En 1118, tropas cristianas comandadas por el arzobispo de Toledo, Bernardo de Seridac, conquistaron el pequeño alcázar. En 1129 el rey Alfonso VII donó toda la comarca al Señorío de este obispado y en 1135 a la Alcalá de Santiuste le fue concedida la titulación de Villa y Fueros por el arzobispo Raimundo.
Judería, morería, cristianería A partir del siglo XII empezó a establecerse en la ciudad población de religión judía. Se trataba de familias sefardíes que trabajaban al servicio de los arzobispos de Toledo como recaudadores de impuestos y funcionarios, aunque también desempeñaron el comercio y la medicina. Hasta 111 familias llegaron a formar la comunidad sefardí de Alcalá, que se asentó en la calle Mayor y sus aledaños. Contaban con dos sinagogas, la más grande frente al Hospitalillo. La actual calle Santiago fue la frontera con el barrio musulmán. Precisamente en la esquina de esta calle con Diego de Torres estuvo la mezquita, punto de encuentro de un vecindario que se extendió hacia la zona que hoy ocupan el Arqueológico, las Bernardas y el Arzobispal. Los oficios manuales fueron la especialidad de los mudéjares, entre los que se contaban albañiles, alfareros, herreros y hortelanos. Parte de estos oficios también eran desempeñados por los cristianos, la comunidad más populosa, establecida en su barrio de siempre: la catedral y sus alrededores.
Ciudad de reyes La ciudad no paró de crecer a lo largo del Medievo. El hecho de estar en vía principal y ser cruce de caminos, su condición de sede episcopal, el aprovechamiento de las fértiles tierras de labor y la existencia de una animada vida comercial, con mercado semanal y una gran feria anual, aumentaron el prestigio de la ciudad y la atención de los reyes castellanos sobre ella. En 1274 Alfonso X concedió una feria fijada allá “por San Bartolomé”, esto es, el 24 de agosto; y su hijo Sancho IV autorizó fundar un Estudio General en 1293, precedente de la futura Universidad. También a lo largo de los siglos XIV y XV la ciudad fue escenario de reuniones principales, como concilios religiosos o las Cortes en 1348, en las que se promulgó el famoso Ordenamiento de Alcalá. En la segunda mitad del siglo XV fue, además, morada de descanso habitual para los Reyes. Isabel y Fernando lo usaron con frecuencia y aquí concibieron a algunos de sus hijos y vio la luz la Infanta Catalina en 1486. Para entonces, la ciudad ocupaba casi los límites del Casco Histórico actual y se preparaba para entrar en su edad de oro, la de urbe universitaria. Pero esa es otra historia.
Pedro P. Hinojos |