En los pasillos y patios barrocos y en los despachos de la Cisneriana, y en los tabernáculos aledaños, quizá hubo ayer quien, en plena jornada de reflexión, lamentó que Virgilio Zapatero recibiera el ‘abrazo del oso’ antes de ceder el testigo a su sucesor. O al menos, tutelar con más presencia que Filomena Rodríguez un proceso electoral que ha recordado en demasía lo que era la UAH antes de la llegada del flamante vicepresidente de Caja Madrid: un desasosegado cuartel donde convivían, a su pesar ‘tirios’ y ‘troyanos’.
La locuacidad verbal y escrita de los postulantes –unos más que otros– ha servido, durante las últimas dos semanas, para demostrar que la Pax Virgiliana caducaba a los ocho años. O aún peor: que no fue más que una ficción inteligente y diplomáticamente (a veces en exceso) armada. Una tregua fantasma con las espadas, bien disimuladas a las espaldas, en alto. Con el rey autodepuesto ya en Caja Madrid, viejos enemigos, algunos de ellos con armadura nueva –pulida en la pérfida Albión–, tuvieron, por fin, oportunidad de verse las caras: el poder establecido y los sediciosos.
Las primeras escaramuzas se perpetraron 11 días antes de las elecciones. Bastó con que el hijo pródigo del equipo rectoral de Zapatero, Fernando Galván, presentara, en sede alcarreña, su nutrido grupo de apoyo (entre ellos el director Ejecutivo del CIFF, Daniel Sotelsek), para que José Morilla, involucrado en la UAH desde su sinicios, inaugurase las hostilidades: “En fin, se abrieron los cielos y se rajó la montaña y ha salido por fin el ratoncito con sus manguitos, visera y plumier, como corresponde a su época”. Todo un torpedo en la línea de flotación de aquel a quien el decano de José Morilla ha señalado como la “quintaesencia del rectorado de Virgilio Zapatero”. En definitiva, el hombre del aparato que amenaza su segundo intento de tomar al asalto el Colegio de San Ildefonso.
A pesar de ser amigo del potentado y de compartir con él muchas horas entre las frías paredes de Caracciolos, Antón Alvar –otro respetado sabio de la UAH– también le afeó el gesto a Galván. Calificó de “impresentable” que el anglista fuera tan transparente mostrando sus poderes.
La primera polémica real de campaña la provocó el propio sistema de la UAH, ya en manos de la etérea Filomena Rodríguez. Alvar iba a presentar el 16 de febrero su Historia Oficial de la Universidad de Alcalá, un encargo oficial de la propia Universidad. Las invitaciones ya estaban cursadas, pero, a última hora, Filomena descolgó el teléfono: La puesta de largo de Alvar tendría que ser con otro vestido, para que las demás damas de la corte casaderas no se pusieran celosas. Y claro, al habitualmente templado catedrático de Filología Latina, le hirvió la sangre: “A lo mejor se ha buscado beneficiar a algún otro candidato”, afirmó Alvar.
“Boicot” a los debates. Tan sólo dos días después, Morilla volvía a ejercer de outsider. En una entrevista a Diario de Alcalá, denunció prácticas antidemocráticas en el seno de la propia UAH: “Hay interés en que los estudiantes no voten”, afirmó, para decir, a reglón seguido, que en la Cisneriana hay “parálisis” por un “aparato” constituido por un una oscurantista red “de intereses de contratos que se han ido consolidando en la UAH”. El decano de Económicas fue más lejos y acusó al poder establecido de la Universidad de “boicotear” los debates electorales, porque, al fin y al cabo, estos comicios “se decidirán en los despachos y no en las urnas”.
El “ratoncito con manguitos”, que se beneficiaría de esta democracia de escritorios y cuchipandas a la carta, no se dio por aludido. “Yo no soy, desde luego, de esos. Yo siempre he vivido la Universidad de una forma participativa”, proclamó Fernando Galván, que prometió mejorar el rectorado de Zapatero, “gobernando más cerca de la gente”. El atípico Manuel Peinado no ha necesitado, a lo largo de este periplo que puede finalizar hoy, atacar a sus rivales para calentar la campaña. Sus palabras y actos se han revelado lo suficientemente autónomos como para caldear los foros virtuales y reales. “No estaba preparado para ser alcalde, pero ahora sé que estoy preparado para ser rector”, afirmó. Pero el último debate, en Punto Radio Henares, debió antojársele como su paso por la alcaldía: “Un potro de tortura”. Quizás, por eso no fue y no pudo escuchar cara a cara cómo Alvar prometía “revisión” para el CIFF y otros entes periféricos de la Universidad, cómo Morilla criticaba, indirectamente, al Consejo de Estudiantes (“Puede haber grupos de poder que en vez de fomentar el voto estudiantil, sean primados para no hacerlo”), o a Galván regañando allegro ma no troppo al poder establecido: “Las cosas se podían haber hecho mejor”.
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