Ni las Ferias ni el día de Cervantes ni los Santos Niños. Durante más de tres siglos el “Día Grande” de Alcalá, como lo tituló el célebre cronista Luis Madrona, pseudónimo de Fernando Sancho, era el domingo de mayo en que procesionaban por las calles principales las Santas Formas, tradición que se remonta a comienzos del siglo XVII.
Toda la población, más decenas de feligreses venidos de fuera, incluidos reyes, aristócratas e importantes autoridades, acudían a rendir culto público a unas hostias que se consideraban milagrosas por su incorruptibilidad y a las que se dedicó incluso una capilla en la iglesia de Santa María de la calle Libreros.
En estos momentos la capilla está siendo restaurada. Se presta especial atención a reparar la cúpula y a recuperar las pinturas que la decoran, formando un cielo lleno de ángeles dedicados a custodiar y glorificar el misterio de las Santas Formas, desaparecidas en 1936 en circunstancias tan enigmáticas como las que rodearon su aparición a finales del siglo XVI. Hasta comienzos de los años 60 de siglo pasado, no obstante, se siguió rindiendo culto hasta que la Iglesia decidió suprimirlo. “Los paisanos protestamos mucho. Hubo una lucha muy virulenta”, recuerda Francisco Javier García Gutiérrez, Cronista de la Ciudad, subrayando la importancia que llegó a tener para Alcalá aquel acontecimiento: “Era más que el Corpus. Toda la población se movilizaba”.
La tradición tuvo su origen en un curioso suceso ocurrido en el Colegio Máximo de Jesuitas un día 1597. El padre Juan Juárez estaba en su habitación, atendiendo a los feligreses en confesión, cuando se le arrodilló un hombre que, visiblemente atribulado, le entregó 24 formas consagradas. Le confesó que se las habían entregado unos moriscos que las habían robado de un sagrario. El padre Juárez consultó a otro sacerdote jesuita, el padre Vázquez, qué hacer con ellas, y éste le aconsejó que no las entregara a la comunión por si estuvieran envenenadas. Decidieron entonces dejarlas en una alacena. Puesto al corriente del hallazgo el rector del Colegio, Luis de la Palma, aprobó la idea de mantenerlas apartadas y dispuso además diversos cambios de ubicación para comprobar su reacción ante los cambios de humedad y temperatura. Fue pasando el tiempo, y las hostias no experimentaban variación alguna: se mantenían blancas y tersas como el primer día.
A partir de 1609 el padre De la Palma comenzó a dar noticias a sus superiores sobre la incorruptibilidad de las obleas y en 1619 una junta de religiosos de la ciudad determinó que se las podía calificar de “obra sobrenatural y significativa de la real presencia de Cristo Nuestro Señor”. Se mandó tenerlas, por tanto, por reliquias sagradas y rendirle culto. En abril de 1620, con motivo de la inauguración de la iglesia de Santa María, se veneraron por primera vez en procesión, a la que asistió el rey Felipe III. En 1626 el Ayuntamiento se unió a la devoción con un voto perpetuo en acción de gracias por una crecida del Henares que a punto estuvo de arrasar la ciudad.
El ‘Corpus de Alcalá’ A partir de ahí el fervor popular no dejó de crecer en torno a las Santas Formas, con su procesión el sexto domingo de Pascua y, a partir de 1687, con la capilla erigida en su honor en un lateral de Santa María. El ‘Corpus de Alcalá’ no perdió fuerza ni cuando se produjo la expulsión de los Jesuitas en 1767 y la custodia con las “sacrantísimas formas” fue trasladada a la Magistral.
En 1897 la ciudad se volcó en la conmemoración del tercer centenario de la aparición de las Santas Formas, cuya devoción entró con pie firme en el siglo XX hasta que llegaron los tiempos convulsos de la República. La procesión no se celebró ni en 1932 ni en 1933. Se retomó en 1934 y las Santas Formas desfilaron por última vez en la primavera de 1936. El estallido de la Guerra Civil pocos meses después truncó la tradición al producirse la desaparición de las hostias.
Las especulaciones en torno a su paradero fueron motivo de discusión recurrente durante los años siguientes entre los alcalaínos. Se rumoreó, por ejemplo, que la custodia fue escondida por unos sacerdotes en el sepulcro de Cisneros de la Magistral. Y de allí fue sacada, con destino incierto, por operarios de la Junta de Patrimonio, que rescataron las obras de arte del templo destruido por un incendio provocado por milicianos en los primeros días de la guerra. Otros testimonios apuntan a que las Santas Formas quedaron en manos de varios vecinos, que las ocultaron durante el conflicto fratricida. Incluso llegaron a señalarse dos casas a las afueras, en la zona del Encín, donde pudieron estar escondidas.
A la conclusión de la guerra, ya sin las reliquias, se mantuvo la procesión hasta que a comienzos de los 60 las autoridades eclesiásticas mandaron suprimirla. “No estaban ya las Santas Formas y, por tanto, no había milagro, así que se cerraron en banda”, explica García Gutiérrez, que lamenta que ni siquiera la Iglesia local haya mantenido un culto privado.
A día de hoy, el misterio de las Santas Formas, una de las ‘glorias’ de las tradiciones locales, sólo vive en el recuerdo de los más mayores de la ciudad. “En unos años se habrá olvidado por completo”, presagia el Cronista.
Pedro P. Hinojos |