Cuando Pedro Martínez, Pedrés, era joven, allá por los años cuarenta, había dos maneras de triunfar: ser futbolista o torero. Más tarde le hablaron de otra buena forma de ganarse la vida: montar una gasolinera. Así que él hizo las dos cosas. Y retirado ya de los ruedos, levantó la que ahora es una de las gasolineras más antiguas y más emblemáticas de Alcalá. Abierta las 24 horas, y con 40 años de trabajo en el mismo lugar en las espaldas de algunos de sus empleados, sus caras son ya conocidas no solo por los vecinos de San Isidro. Y ahora que la modernidad casi le ha ganado la partida al oficio de gasolinero, su estación de servicio es una de las pocas de Alcalá que continúa sirviendo a los clientes para no perder ni la tradición ni los puestos de trabajo.
“En Albacete todos los chavales querían ser entonces Montero o Pedrés. El toreo era como el fútbol: eras de uno o de otro”. Pedro Martínez gestiona desde 1993 la gasolinera que montó su padre, y rememora con orgullo de hijo las gestas de su padre en el ruedo. Toreó en muchas ocasiones con el Cordobés, y también con el Litri o Antoñete; triunfó en la Feria de Sevilla e inventó su propio pase, lleno de riesgo, la pedresina, “porque quería hacer algo que no hicieran los demás”. Y todo gracias a que el dueño del comercio de Albacete en el que trabajaba, cuando no estaba guardando ganado, le dijo una vez: que para ser alguien en la vida había quehacerse futbolista o torero.

Se retiró definitivamente en 1965. Pero sus empresas no acabaron entonces, y fue uno de sus seguidores, el entonces alcalde de Torrejón, Ramón Fernández Villaplana, quien le propuso montar un negocio juntos. “A mi padre siempre le habían dicho que las gasolineras eran un buen negocio, así que buscaron un terreno junto a lo que antes era la Nacional II. Entonces solo había dos gasolineras en Alcalá, la del manco y la de la Gesa, y esto era el extrarradio”, dice Pedro.
Enfrente había un puesto de almendras y, al lado, las eras de San Isidro. Era 1968, y el negocio ha cambiado desde entonces casi tanto como la ciudad. La Nacional II pasó a ser la vía complutense, la estación ganó su cúpula y las gasolineras se multiplicaron donde antes podían contarse con los dedos de una mano. Pero en San Isidro hay cosas que no cambian. “Ya no se sirve la gasolina más que en un par de sitios. Sabemos que está en extinción, cosas de la modernidad. Pero aquí creemos que es un valor añadido que ofrecemos, y mientras se pueda lo seguiremos haciendo”, dice Pedro. Y sus gasolineros son no solo como una familia, sino de la familia, porque algunos llevan más de media vida detrás del mismo mostrador, y porque su tienda le ha solucionado la vida a más de un vecino.
Marina de la Cruz. |