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Seis y veinte de la tarde. Aparece Tomás Gómez repartiendo sonrisas, secundado por Eusebio González, su anfitrión en Alcalá y hombre de máxima confianza. La ULA de Alcalá, rebautizada como Instituto Antonio Machado, se convierte en el lugar donde los socialistas madrileños quieren escribir las primeras páginas de una nueva etapa tras lios peores resultados de la historia. La elección de un centro educativo no es baladí, y así lo atestiguan algunos militantes luciendo la simbólica camiseta verde en defensa de la enseñanza pública o el discurso de Eusebio Gonzállez, que arremete "contra la cruzada de Aguirre" que pone en riesgo los servicios públicos.
Abundan las barbas, y en algunos casos hasta las calvas de veteranos militantes, que asisten a un congreso marcado por una división interna que todos (o casi) niegan en público, pero aceptan en privado. Apenas se ve a gente con corbata, salvo Tomás Gómez, la mayoría opta por las prendas vaqueras y por la pana, tan propia del invierno y tan ligada siempre a la izquierda. En los corrillos, además de abrazos y saludos de amigos de distintas agrupaciones que se reecuentran, el tema es el mismo: Rubalcaba o... ¿Chacón? Unos reconocen abiertamente que confían más en el todopoderoso Rubalcaba para pilotar los cambios que necesita el partido. Otros callan. Dicen que prefieren escuchar y luego decidirán. En principio son los delegados que están del lado de Tomás Gómez y avalan la postura oficial de Callao. Pero el voto de cada delegado es privado. El sábado, tras las votaciones se sabrá quien pesa más en el PSM-PSOE.
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