126 vecinos de Alcalá, entre los que se contaban ricos propietarios y comerciantes, catedráticos y religiosos, pero también albañiles, campesinos y tenderos, constituyeron el 12 de enero de 1851 la Sociedad de Condueños de los Edificios que fueron Universidad. Justo un mes antes, juntando todos sus ahorros, habían comprado por 90.000 reales la manzana de la Universidad Cisneriana, cuyo fachada plateresca pretendía desmontar su propietario, Javier de Quinto. El notario Gregorio Azaña, que 29 años después se convertiría en abuelo del niño Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, dio fe de la constitución de aquella entidad que es hoy la más antigua de la sociedad local y un ejemplo pionero en España de la movilización cívica por el salvamento y la conservación del patrimonio histórico.
Por aquel entonces, la población de Alcalá apenas superaba los 4.000 habitantes. La ciudad universitaria que el cardenal Francisco Ximénez de Cisneros diseñó y mandó construir a comienzos del siglo XVI no era más que un glorioso cementerio de arquitectura renacentista y barroca desde que el Gobierno mandará cerrar la institución en 1836 y trasladar los estudios a la nueva universidad de Madrid.
Los edificios fueron entregados a la subasta pública y por la Cisneriana apareció en 1845 una oferta de 50.000 reales a cargo del empresario Joaquín Alcober. Su intención era dedicar la centenaria sede de la academia complutense a criadero de gusanos de seda, cultivo de plantas de morera y taller de hilatura. El descabellado plan no se llevó a la práctica y dos años después la propiedad pasó a manos de otro potentado, Joaquín Cortés, que a su vez vendió el Colegio Mayor de San Ildefonso y todo el complejo que lo circunda al mencionado Javier de Quinto.
Además de liquidar libros y obras de arte que pertenecían a los bienes muebles de la universidad, el nuevo dueño mandó trasladar las campanas de la capilla –que según se decía se fundieron con el bronce de los cañones de la conquista de Orán–, desmontar las cresterías del patio Trilingüe y echar abajo el histórico arco universitario con balconada que hacía ‘frontera’ entre la calle Pedro Gumiel y la plaza de Cervantes; entre el territorio universitario y el municipal. Cuando empezó a extenderse el rumor de que la piqueta acabaría también con la valiosa fachada de Gil de Hontañón, los paisanos se decidieron a intervenir y adquirieron la Cisneriana, que fue luego sede de la Academia de Caballería, colegio de los Escolapios y centro de formación de funcionarios, hasta que en 1977 la universidad retornó a Alcalá.
Algunos de los descendientes de aquellos alcalaínos siguen formando parte en la actualidad de la Sociedad de Condueños, que preside José Félix Huerta. Ellos son los poseedores de las 900 acciones en que fueron representados los 90.000 reales con los que se adquirió la manzana de la Universidad Cisneriana. Tales acciones, conocidas como láminas, sólo pueden ser transferidas entre vecinos de Alcalá, con un máximo de diez por persona. De manera excepcional, y como reconocimiento a sus afanes en la recuperación de patrimonio histórico y artístico de la ciudad, la entidad ha hecho ‘condueños' a título institucional al Ayuntamiento, la Universidad y al Obispado.
Con sede institucional en la plaza de Cervantes, donde posee una valiosa biblioteca, la actividad pública de la Sociedad de Condueños es casi testimonial. Celebra una asamblea anual y cada curso entrega un premio a las mejores tesis doctorales de la Universidad. Además de contar con una calle en la zona de La Esgaravita, el Ayuntamiento le concedió la medalla de oro de la ciudad en 2001, con motivo de la conmemoración de su 150 aniversario.
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