Vehículos eléctricos, luces de las calles que saben cuando deben encenderse y apagarse, semáforos inteligentes que autoregulan el tráfico, sistemas de riego que dosifican el agua y que detectan la lluvia o sensores que permiten que un ciudadano alérgico reciba en su móvil información de los niveles de polen son ejemplos de ciudad inteligente. Todo suena a ciencia ficción, pero es posible. La clave es la eficiencia y la respuesta está en el grado de inteligencia de cada ciudad para usar los recursos.
Los cruces más conflictivos de Alcalá están bajo la permanente mirada de veinte cámaras que tiene su centro de control en una moderna sala de pantallas instalada en la Policía Local. Estas cámaras situadas cerca de los semáforos y tan discretas que apenas se ven, están instaladas en puntos de la Vía Complutense o de la Avenida de Madrid. Estos ojos que todo lo ven no solo permiten optimizar la circulación mediante la regulación del tiempo de los semáforos, sino que también tienen otras aplicaciones como controlar la seguridad en el perímetro de los edificios municipales, monitorizar la ciudad en situaciones de emergencia o agilizar la intervención de los agentes si se observa la comisión de un delito.
Tal vez sin saberlo, es el primer paso de Alcalá hacia la ciudad inteligente o smart city. Un nuevo concepto que implica un cambio literal en la manera de de gestionar las ciudades, tanto las grandes urbes como las pequeñas.
La legislatura que arrancó en mayo ha hecho muy familiar en Alcalá el término eficiencia. De hecho, el Ayuntamiento ha hado prioridad a una concejalía de Desarrollo Económico y Eficiencia que se ha tomado muy en serio la necesidad de innovar en la ciudad para desarrollar otro modelo de gestión, que los ciudadanos sepan lo que cuestan los servicios que presta el ayuntamiento y hacer las cosas de otro modo, es decir, ser más eficientes. Son tres de los mandamientos de la innovación urbana, un concepto que implica tanto a los ayuntamientos como empresas vinculadas a la prestación de servicios municipales como la recogida de basura, la iluminación viaria, la señalización, el tráfico, etc.
Además de necesidad para los ciudadanos, el nuevo modelo de ciudad se ha convertido en una oportunidad de negocio para muchas empresas que ya han creado divisiones de smart city.
Una de las lecciones que se desprenden de la crisis es que ya nada sale gratis. Es la hora de apagar las luces de la fiesta y encender otras. Ya no solo se trata de utilizar las luces de tecnología Led para las luces navideñas para rebajar a un porcentaje mínimo el consumo eléctrico. Ahora se trata de que las luminarias se adapten también en cada momento a una determinada situación climática e incluso de demanda, o que los sistemas de riegos piensen por sí mismos.
Por eso el siguiente paso es avanzar hacia la ciudad inteligente como han hecho Málaga, Barcelona, Santander, Madrid o Barcelona. Son las cinco ciudades españolas que encabezan la lista de ciudades inteligentes, según el informe elaborado por IDC España, con una serie de iniciativas para transformar el modus operandi y responder a los retos. No se trata sólo de grandes ciudades porque otras como San Cugat del Valles (Barcelona) ha desarrollado la primera calle inteligente.
Alcalá supera los 200.000 habitantes, pero es previsible que su población siga creciendo en las próximas décadas. En el año 2050, el 75% de la población mundial vivirá en ciudades y los ayuntamientos tendrán que responder a los retos que se les plantea para que sean habitables y eficientes porque los recursos no son ilimitados, pero sin perder de vista al ciudadano. A estas cuestiones trataron de responder los expertos en la primera feria mundial de Smart Cities celebrada el pasado mes de diciembre en Barcelona.
José L. Enríquez |