Su cafetería era lugar frecuente de rectores, políticos y periodistas. Por sus habitaciones han pasado toreros, deportistas, artistas... |
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Sus empleados cenaban con los ciclistas del equipo Reynolds cuando preparaban la Vuelta; y sacaban a los famosos por la puerta de servicio cuando los periodistas del corazón esperaban a algún huésped de renombre en recepción. Pero El Bedel era sobre todo el lugar en el que los Cervantes se albergaban antes de recibir el galardón, y es parte más de la historia del premio. Todos, salvo Dulce María Loynaz, pasaron por sus habitaciones.
“Los de Cuéntame han grabado aquí cinco capítulos. Este día yo tenía también diálogo: lo típico, preguntarle a Pepe Sancho e Imanol Arias qué querían beber”, dice Manolo Casado, camarero de El Bedel desde hacía 33 años, mostrando la foto firmada en la que también él aparece en escena. Entre los huéspedes más habituales estaban los actores del Tenorio; el torero Espartaco, que lo elegía cuando toreaba en Alcalá o Guadalajara. También las selecciones femeninas de balonmano y baloncesto, o los atletas cubanos que preparaban la Nocturna de Alcalá. Entre sus últimos huéspedes ilustres estuvieron Eduardo Punset y Ana María Matute. Y en sus habitaciones durmieron Mingote, Federico Martín Bahamontes o Maribel Verdú. De todos ellos sus trabajadores guardan fotos, autógrafos y las cartas en las que les agradecían el trato recibido.
con vistas a la plaza. El Bedel abrió sus puertas en 1973, y en su proyecto original la entrada estaba en la plaza de Cervantes. Antes su edificio albergó unos billares, y antes de eso otro hotel. No tenía habitación 313; no por superstición, sino porque en una reforma se unió a la 312. y como todo hotel que se precie, dicen que tenía fantasma: la abuela, a la que muchos clientes veían en una esquina de la tercera planta, y que por las noches encendía televisores y luces.
Marina de la Cruz |