Alcalá de Henares • Actualidad • Cultura
El inaccesible y sucio premio Cervantes
Pedro P. Hinojos - viernes 9 de diciembre de 2011 a las 14:42 horas
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Nicanor Parra vendrá a recoger el premio. La avanzada edad, los problemas de salud o algún exabrupto también jugaron malas pasadas a otros premiados.  

 

Estaba cantado. El poeta chileno Nicanor Parra no podrá venir a recoger el premio Cervantes 2011. Con 97 años, la salud no le da para aguantar un viaje transoceánico en avión. Y tampoco parece que le pese demasiado esta ausencia forzosa. De hecho, esta ha sido comunicada por su sobrina Jacqueline a un pequeño periódico chileno del que luego se han hecho eco las principales agencias y portales de Internet. Parra, refugiado en su residencia de la playa de las Cruces, frente al Pacífico y a más de cien kilómetros de Santiago, aún no ha hecho una declaración pública sobre el galardón. Desde hace más de cinco años sus apariciones y sus encuentros con la prensa son contados. Aunque su familia asegura que está “sorprendido y feliz” por el reconocimiento. Precisamente será su nieto Cristóbal el encargado de viajar a España y leer el discurso de recepción del premio el 23 de abril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá ante los reyes.  

 

No será, en cualquier caso, una situación excepcional. La avanzada edad y los achaques de salud fastidiaron el ‘gran día’ a otros galardonados en el pasado. La filósofa María Zambrano, primera mujer en recibir el Cervantes, en 1988, ni siquiera pudo pisar la Cisneriana, aunque a diferencia de Parra vivió la ceremonia a apenas treinta kilómetros de Alcalá. Postrada en una silla de ruedas, con 85 años recién cumplidos, la autora de El hombre y lo divino, recibió la visita de los reyes en su casa madrileña. Antes, en la cátedra del Paraninfo, estuvo representada por la actriz Berta Riaza, porque quería “una voz de mujer” para la lectura de su discurso.

 

Presentes en la Universidad, pero en sillas de ruedas e impedidos para leer sus parlamentos, acudieron la poeta cubana Dulce María Loynaz en 1993 –tenía 91 años cuando le concedieron el premio- y el poeta asturiano José García Nieto en 1997. Este último ni siquiera pudo pronunciar unas palabras de agradecimiento en los corrillos posteriores a la ceremonia. La sonriente Loynaz, por su parte, incluso se arrimó a la tuna y exclamó exultante que se sentía “la mujer más feliz del mundo”.

 

También en silla de ruedas, pero eufórica, asistió el pasado mes de abril Ana María Matute a la Cisneriana para recoger su premio. No quería perderse un día tan largamente esperado, por más que le pesara tener que moverse con ayuda. “Pero es que mis huesos parecen de cristal”, se disculpaba. Con fragilidad y todo, y tras entonarse con un ‘reconstituyente’ en la cafetería del rectorado, Matute se marcó uno de los discursos más conmovedores de la historia del premio Cervantes.

 

Ha habido galardonados, por otra parte, cuya asistencia pasó casi desapercibida. Como la de Rafael Sánchez Ferlosio, que hizo honor a su fama de huraño en 2005, año en el que brilló especialmente la ceremonia por ser el del cuarto centenario de la publicación del Quijote y celebrarse en sábado. No se puede decir que el autor de El Jarama contribuyera a la fiesta: leyó el discurso más largo y más denso de todos los Cervantes y rehuyó el contacto con los invitados, los periodistas e incluso los lectores, a los que espantó con un “¿Quieren dejarme en paz?”.

 

Al que dejaron tranquilo, hasta hacerle el vacío, fue al premio Nobel, Camilo José Cela. Fueron tristemente famosas sus descalificaciones al Cervantes, al que llegó a tildar de premio “lleno de mierda”. Pero olvidó rápidamente las groserías en cuanto se le concedió, en 1995. Incluso publicó una columna en ABC en vísperas de recibir la distinción en la que, a modo de disculpas, elogiaba a Alcalá con profusión. Pero no dio resultado. En San Diego se escucharon algunos abucheos y en el Paraninfo hubo una presencia mínima de escritores y autoridades, ejecutando un boicot solapado.

 

Un ejemplo en todos los sentidos lo dio Jorge Luis Borges al recoger el Cervantes en 1980. A pesar de su ceguera y del halo reverencial que le acompañaba en todo momento, como tótem de la literatura universal, al autor de El Aleph no le importó compartir el galardón con el poeta Gerardo Diego; e incluso se prestó a participar en un evento insólito: la tarde antes de recibir el Cervantes intervino en un inolvidable encuentro con lectores, organizada por un grupo de alcalaínos, en la desaparecida aula de cultura de Cajamadrid de la calle Libreros.

 


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